
Lo que la filosofía japonesa nos enseña sobre productividad, liderazgo y visión de largo plazo.
Algo más que me llamó mucho la atención de la conversación de Alejandro Kasuga en el podcast Tengo un Plan fue su manera de entender la productividad y la mejora continua.
Muchas veces, cuando queremos hacer crecer nuestro negocio, pensamos que necesitamos trabajar más horas, conseguir más clientes o contratar más personas.
Pero ¿qué pasaría si antes de hacer más nos preguntáramos cómo podemos hacer mejor lo que ya hacemos?
Una de las ideas que más me gustó es que la productividad no depende solamente de cuánto trabajamos, sino de cómo organizamos nuestros procesos, aprovechamos nuestros recursos e involucramos a las personas que forman parte de nuestro equipo.
Y aquí es donde algunas prácticas de la filosofía empresarial japonesa pueden dejarnos enseñanzas muy valiosas.
1. Antes de agregar, aprende a eliminar
Kasuga habla de las 5S japonesas, una metodología que busca mejorar la organización y eficiencia mediante cinco principios:
– Seleccionar: eliminar lo que no necesitamos.
– Ordenar: facilitar que las cosas sean fáciles de encontrar y utilizar.
– Limpiar: mantener nuestros espacios e identificar problemas.
– Estandarizar: establecer procedimientos claros y repetibles.
– Disciplina: convertir las buenas prácticas en hábitos.
Aunque surgió en entornos industriales, podemos aplicar esta filosofía a prácticamente cualquier negocio.
Por ejemplo, ¿cuántas actividades seguimos haciendo simplemente porque siempre las hemos hecho así?
Algo que he aprendido al escuchar a empresarios y mentores es que no todo lo que funciona para alguien más necesariamente funciona para nosotros.
La clave está en seleccionar aquello que realmente aporta valor y adaptarlo a nuestras necesidades.
2. Del organigrama al flujograma
Otra reflexión interesante de Kasuga es su crítica al organigrama tradicional, al que incluso llama egograma.
Un organigrama nos dice quién le reporta a quién. Pero un flujograma nos ayuda a entender cómo se conectan las actividades, quién entrega qué y en cuánto tiempo.
Imagina que ventas necesita información de administración para completar una operación.
Si no hay claridad sobre responsabilidades, documentos o tiempos de entrega, comienzan los retrasos, el retrabajo y las llamadas para averiguar qué sucedió.
Aquí entra un concepto fundamental: la corresponsabilidad.
No significa que todos deban hacer el trabajo de todos, sino comprender cómo nuestras acciones afectan los resultados de los demás.
3. Las mejores ideas no siempre vienen del jefe
Esta fue una de las enseñanzas que más me gustaron.
Muchas veces pensamos que las mejoras deben venir del director, del gerente o de un consultor externo.
Pero ¿quién conoce mejor las dificultades de un proceso que la persona que lo realiza todos los días?
Kasuga desarrolla esta idea mediante su metodología Kizukai, que busca involucrar a los colaboradores en la identificación y ejecución de mejoras medibles.
Un colaborador que atiende clientes, prepara reportes o gestiona solicitudes probablemente ya identificó actividades que podrían simplificarse.
Sin embargo, no siempre le damos el espacio o la confianza para compartir sus propuestas.
Un buen líder no necesita tener todas las respuestas, sino construir un entorno donde las buenas ideas puedan surgir de cualquier parte de la organización.
Escuchar, evaluar y reconocer esas iniciativas también es una manera de desarrollar corresponsabilidad.
4. Pensar a largo plazo cambia cómo trabajamos hoy
Algo que me llamó especialmente la atención es la visión de largo plazo que Kasuga reconoce en numerosas empresas japonesas.
No solamente buscan resultados inmediatos; también desarrollan procesos, personas y estructuras que les permitan mantenerse durante generaciones.
Por supuesto, ningún modelo es perfecto. Planear demasiado también puede retrasar decisiones importantes.
Pero hay una enseñanza valiosa: si queremos construir algo que perdure, necesitamos dejar de depender exclusivamente del esfuerzo de una sola persona.
Una empresa con procesos claros, colaboradores preparados y una cultura de mejora continua tiene mejores condiciones para adaptarse a los cambios.
Una herramienta para comenzar esta semana
Te propongo un ejercicio sencillo:
1. Identifica un proceso que genere retrasos, errores o actividades repetitivas.
2. Escucha a quienes lo realizan y pregúntales qué mejorarían.
3. Implementa una pequeña mejora con un responsable y un plazo definido.
4. Mide el resultado y convierte lo que funcionó en una práctica habitual.
No necesitas transformar toda tu empresa de un día para otro.
A veces, una pequeña mejora sostenida puede generar más valor que muchas horas adicionales de trabajo.
Al final, no se trata de trabajar cada vez más para sostener nuestro negocio, sino de construir uno que cada vez funcione mejor, aprenda y evolucione.
Y tú, ¿qué proceso de tu empresa mejorarías si pudieras comenzar hoy?
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Alain Pérez | El Duque Financiero