
Hace poco platicaba con una pareja que está esperando a su primera hija.
Todavía no saben qué querrá estudiar, dónde lo hará o qué oportunidades tendrá dentro de 18 años.
Pero sí tienen algo claro:
quieren que, cuando llegue ese momento, el dinero no sea lo que limite sus opciones.
Durante la conversación hablamos de personas cercanas a ellos que habían estudiado en universidades privadas recurriendo a créditos educativos.
Y apareció una idea interesante:
un crédito educativo te permite estudiar hoy y pagar después.
Un plan educativo busca hacer, en cierto sentido, lo contrario:
construir el dinero antes de necesitarlo.
El esfuerzo no desaparece. Lo distribuyes en el tiempo.
Imagina que dentro de 18 años tu hijo necesita una cantidad importante para estudiar.
Si el capital no existe, tendrás que conseguirlo en ese momento: ingresos familiares, becas, venta de algún activo, crédito o una combinación.
No necesariamente está mal. Un crédito puede abrir oportunidades.
Pero alguien tendrá que pagarlo después y, en algunos casos, ese compromiso acompañará al joven cuando apenas comienza su vida profesional.
Ahora imagina que empiezas cuando nace.
En lugar de preguntarte dentro de 18 años:
“¿De dónde vamos a sacar el dinero?”
puedes preguntarte hoy:
“¿Cuánto podemos empezar a construir?”
No necesitas tener hoy $1, $2 o $4 millones.
Necesitas tiempo, constancia y una aportación que puedas sostener.
Pero no solamente estás construyendo dinero
Aquí está una de las diferencias más interesantes de un plan educativo con seguro.
Nuestro escenario ideal sería:
aportaciones → tiempo → capital → universidad.
Pero ¿qué pasa si durante el camino fallece la persona que estaba financiando el proyecto?
¿O si enfrenta una invalidez cubierta que le impide continuar?
En finanzas existen diferentes herramientas para protegernos frente a determinados riesgos. Un plan educativo no es un derivado, pero me gusta utilizar una lógica parecida para explicarlo:
no solamente buscas construir el capital; también buscas proteger el objetivo frente a ciertos eventos que podrían impedir alcanzarlo.
Dependiendo de las coberturas y condiciones contratadas, el componente de seguro puede respaldar el proyecto ante fallecimiento o invalidez.
Por eso comparar un plan educativo contra una inversión solamente por rendimiento deja fuera una parte importante de la conversación.
No solamente importa:
“¿Cuánto puede crecer mi dinero?”
También:
“¿Qué pasa con la meta si yo ya no puedo seguir construyéndola?”
Y está la inflación
Hay otro riesgo menos dramático, pero igual de importante.
$2 millones hoy no comprarán necesariamente lo mismo dentro de 18 años.
Por eso una meta educativa de largo plazo no debería quedarse congelada.
Existen estructuras que actualizan las aportaciones y el capital conforme a mecanismos establecidos en el contrato y que pueden incorporar un rendimiento garantizado.
La intención es conservar mejor el poder adquisitivo de aquello que estás construyendo.
No necesitas resolver el 100%
Con esta pareja comenzamos hablando de una meta cercana a $4 millones.
Después hicimos las cuentas y analizamos otros escenarios: $2.5 millones, $1.5 millones, diferentes plazos y esfuerzos de ahorro.
Y ahí apareció otra conclusión importante:
no necesariamente tienes que pagar el 100% de la educación de tus hijos.
Puedes construir una base importante y posteriormente complementarla con becas, inversiones, ingresos familiares u otras alternativas.
La diferencia es que, cuando llegue el momento, no empiezas desde cero.
No estás comprando una universidad. Estás construyendo opciones.
Dentro de 18 años esa bebé quizá quiera estudiar medicina.
Quizá estudie en una universidad pública.
Quizá consiga una beca.
Quizá quiera irse al extranjero.
Quizá decida emprender.
No lo sabemos.
Y justamente por eso me gusta pensar que el objetivo no debería ser decidir hoy su futuro.
Debería ser construir recursos para que mañana tenga más posibilidades de elegirlo.
Hay seguros educativos, inversiones, fideicomisos, becas y otras herramientas. Cada una ofrece diferentes niveles de protección, flexibilidad, liquidez y riesgo.
Lo importante es empezar por el objetivo.
Porque cuando tu hijo tiene meses de nacido, quizá tu activo más valioso no sea cuánto dinero tienes hoy.
Es cuánto tiempo tienes para construirlo.
Un buen plan educativo busca hacer tres cosas:
Construir capital.
Proteger el camino.
Conservar opciones.
Porque planear el futuro de tus hijos no significa decidirlo por ellos.
Significa procurar que, cuando llegue el momento de elegir, tengan más posibilidades para hacerlo.
¿Quieres hacer las cuentas?
Si quieres saber cuánto podrías empezar a construir para la educación de tus hijos y qué esfuerzo tendría sentido para tu familia, escríbeme “EDUCACIÓN” y revisamos distintos escenarios.