
Durante mucho tiempo hemos aprendido a definir el éxito a partir de metas.
Ganar cierta cantidad de dinero. Comprar una casa. Construir una empresa. Conseguir un ascenso. Alcanzar determinada posición profesional.
Y no hay nada malo en ello. Las metas nos dan dirección.
Pero recientemente, leyendo Tácticas de Cracks, de Oso Trava, encontré una idea que me llevó a una pregunta quizá más importante que “¿qué quiero conseguir?”:
¿En quién necesito convertirme para conseguirlo?
Las metas grandes exigen una versión diferente de nosotros
Piensa en algo verdaderamente ambicioso que quieras alcanzar.
Probablemente no puedas conseguirlo haciendo exactamente lo mismo que haces hoy.
Tendrás que aprender, cambiar hábitos, conocer nuevas personas, desarrollar habilidades, equivocarte, pedir ayuda y tomar decisiones incómodas.
Por eso creo que una de las funciones más importantes de una gran meta no es únicamente llevarnos hacia un resultado.
Es obligarnos a crecer.
Una meta suficientemente grande nos exige convertirnos en alguien capaz de alcanzarla y, todavía más importante, de sostenerla.
Primero la identidad, después el resultado
Hay personas que utilizan la visualización para imaginar aquello que quieren conseguir: un atleta levantando un trofeo, un empresario construyendo una compañía o alguien alcanzando independencia financiera.
Pero creo que podemos llevar la visualización un paso más allá.
En lugar de imaginar solamente el resultado, preguntarnos:
¿Cómo actuaría hoy la persona que quiero llegar a ser?
Si quieres construir una empresa, ¿qué decisiones tomaría hoy ese empresario?
Si quieres llegar a determinado nivel profesional, ¿cómo se prepararía alguien que ya compite en ese nivel?
Si quieres construir un patrimonio importante, ¿cómo administraría esa persona el dinero que ya tiene?
No necesitas esperar a tener millones para aprender a administrar bien tu dinero.
Ni necesitas recibir un reconocimiento para empezar a comportarte como el profesional capaz de obtenerlo.
La identidad puede comenzar mucho antes que el resultado.
“Ya está hecho”
Hay una idea que he tratado de incorporar en mi propia vida:
Ya está hecho.
No porque crea que basta con desear algo para que mágicamente suceda.
Para mí significa tener claridad sobre hacia dónde voy y dejar de gastar tanta energía preguntándome constantemente si seré capaz de llegar.
La convicción no sustituye al trabajo.
Le da dirección.
Entonces la energía puede ponerse en estudiar, practicar, construir relaciones, prospectar, equivocarse, corregir y volver a intentarlo.
Porque pensar en grande también tiene un precio.
Una meta ambiciosa puede exigir escuchar muchos “no”, reconocer que alguien sabe más que tú, cambiar una estrategia que no funciona o seguir trabajando cuando los resultados todavía no aparecen.
Tu entorno también transforma lo que crees posible
Algo que encuentro repetidamente en personas de alto desempeño es que rara vez recorren el camino completamente solas.
Buscan mentores. Se acercan a expertos. Construyen equipos con personas mejores que ellas en determinadas áreas.
Porque cuando conoces a alguien que ya logró aquello que tú apenas estás imaginando, sucede algo interesante:
lo que parecía imposible empieza a parecer posible.
Después entiendes que existe un camino.
Y finalmente empiezas a recorrerlo.
El éxito como consecuencia
Por eso cada vez me interesa menos pensar en el éxito únicamente como un destino.
Prefiero verlo como una consecuencia.
De lo que aprendemos.
De las decisiones que repetimos.
De las personas con quienes nos rodeamos.
De nuestra capacidad para crear valor.
Y de cómo respondemos cuando algo sale mal.
Porque si alcanzas una meta sin desarrollar la capacidad para sostenerla, probablemente el resultado sea temporal.
Pero cuando te conviertes en la persona capaz de generarlo, tu verdadero patrimonio deja de ser únicamente aquello que conseguiste.
También es aquello en lo que te convertiste para conseguirlo.
Por eso, la próxima vez que escribas una meta, prueba agregar una pregunta debajo:
¿En quién necesito convertirme para que este resultado sea una consecuencia natural de quien soy?
Quizá el objetivo nunca fue únicamente llegar.
Quizá también era descubrir quién podías llegar a ser durante el camino.