
Hay una frase que puede ser peligrosa en cualquier profesión:
“Eso ya lo sé hacer.”
Hace unos días comencé a escuchar una conversación de Oso Trava con Janan Knust y hubo una idea que inmediatamente me hizo detenerme:
“La excelencia emerge de hacer con maestría las cosas pequeñas que parecen insignificantes.”
Y pensé en todas esas actividades que repetimos tantas veces que eventualmente dejamos de cuestionarlas.
Una reunión.
Una llamada.
Un seguimiento.
Una presentación.
Responder un correo.
Preparar una propuesta.
Atender a un cliente.
Son cosas que probablemente hemos hecho cientos de veces.
Por eso pensamos que sabemos hacerlas.
Pero existe una diferencia importante entre saber hacer algo y dominarlo.
«Ya sé hacerlo” puede detener la mejora
Cuando estamos aprendiendo algo nuevo prestamos atención.
Preguntamos.
Observamos.
Nos preparamos.
Intentamos mejorar.
Pero conforme adquirimos experiencia aparece un riesgo: comenzamos a funcionar en automático.
Y dejamos de preguntarnos:
¿Qué tan bien estoy haciendo realmente esto?
Quizá llevas diez años haciendo reuniones con clientes.
Pero:
¿Tienes claro qué hace extraordinaria una reunión?
¿Sabes cuáles preguntas generan mejores conversaciones?
¿Tienes identificado en qué momento pierdes la atención de la persona?
¿Sabes qué información necesitas obtener?
¿Existe un proceso claro para el seguimiento?
¿Mides qué funciona y qué no?
¿Podrías enseñárselo a alguien más?
Ahí empieza a cambiar la conversación.
Porque repetir algo durante muchos años no necesariamente significa haberlo perfeccionado.
De la experiencia a la maestría
Para mí, la maestría comienza cuando dejamos de conformarnos con saber ejecutar una actividad y empezamos a comprender profundamente cómo funciona.
La observamos.
La descomponemos.
La medimos.
La mejoramos.
La repetimos.
Y eventualmente podemos enseñarla.
Esto aplica prácticamente a cualquier profesión.
Un médico puede perfeccionar la forma en que entrevista a un paciente.
Un abogado, la manera en que prepara una reunión.
Un empresario, cómo contrata a una persona.
Un vendedor, cómo escucha.
Un asesor, cómo acompaña a un cliente.
La excelencia rara vez aparece únicamente en el gran momento.
Muchas veces se construye mucho antes, en pequeñas actividades que nadie está observando.
Lo que dominas puede convertirse en un sistema
Aquí encontré otra conexión que me pareció especialmente importante para quienes dirigimos un negocio.
Si algo funciona solamente cuando tú lo haces, tienes una habilidad.
Pero todavía no necesariamente tienes un sistema.
Para escalar necesitas poder preguntarte:
¿Puedo definir cómo se hace?
¿Puedo repetirlo consistentemente?
¿Puedo medir si se hizo bien?
¿Puedo mejorarlo?
¿Puedo enseñárselo a alguien más?
Porque cuando una buena práctica deja de vivir solamente en tu cabeza y puede ser ejecutada consistentemente por otras personas, empieza a convertirse en una capacidad de tu organización.
Y ahí aparece la posibilidad de crecer sin que absolutamente todo dependa de ti.
Pero un sistema tampoco es suficiente
Puedes tener procedimientos extraordinarios que nadie sigue.
Manuales que nadie consulta.
Procesos que funcionan únicamente cuando alguien está supervisando.
Por eso creo que existe otro nivel:
la identidad.
Cuando hacer bien algo deja de depender únicamente de una instrucción y comienza a formar parte de quién eres profesionalmente, la consistencia cambia.
Ya no necesitas preguntarte cada vez si vale la pena cuidar determinado detalle.
Simplemente lo haces porque:
“Así trabajo yo.”
Y cuando esa forma de trabajar se comparte con otras personas aparece algo todavía más poderoso:
“Así hacemos las cosas aquí.”
Eso es cultura.
La cultura no solamente está en los valores escritos en una pared.
Está en los estándares que repetimos incluso cuando nadie está mirando.
La voluntad ayuda, pero no debería cargar con todo
También me hizo pensar en algo que solemos sobrevalorar:
la fuerza de voluntad.
Claro que importa.
La necesitas para empezar.
Para cambiar.
Para hacer algo incómodo.
Pero si todos los días necesitas convencerte de hacer correctamente las cosas importantes, probablemente estás dependiendo demasiado de ella.
Los hábitos ayudan.
Los procesos ayudan.
Los estándares ayudan.
Los sistemas ayudan.
La identidad ayuda.
Porque hacen que la calidad dependa cada vez menos de cómo amaneciste ese día.
Podríamos verlo así:
La voluntad inicia.
La repetición desarrolla.
El sistema sostiene.
La identidad consolida.
Y la cultura multiplica.
Quizá ahí se construye la excelencia
Muchas veces buscamos el siguiente gran cambio.
La nueva estrategia.
La herramienta más reciente.
El siguiente curso.
Una idea completamente diferente.
Y quizá algunas veces lo que necesitamos no sea añadir algo nuevo.
Quizá necesitamos regresar a aquello que hacemos todos los días y preguntarnos:
¿Qué pasaría si esto que considero ordinario lo hiciera extraordinariamente bien?
Porque saber hacer algo no significa dominarlo.
Dominarlo no significa haberlo sistematizado.
Y sistematizarlo tampoco significa haberlo convertido en parte de nuestra identidad.
La excelencia probablemente no consiste en hacer cosas extraordinarias todo el tiempo.
Quizá consiste en dejar de tratar como insignificantes las cosas ordinarias que hacemos todos los días.
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